Mientras potencias como Estados Unidos y China invierten miles de millones para liderar la transición energética, desarrollar hidrógeno verde y asegurar su independencia estratégica, en el Perú el debate gira en torno a la eventual privatización de Petroperú.
La energía se ha convertido en el nuevo campo de batalla global. No se trata solo de electricidad o combustibles, sino de soberanía, desarrollo industrial, innovación tecnológica y poder geopolítico. Quien controle la energía, controlará buena parte del crecimiento económico del siglo XXI.
En ese contexto, el Perú parece atrapado en una discusión defensiva y coyuntural. El debate sobre Petroperú no es menor, pero reducir la conversación a “privatizar o no privatizar” es simplificar un problema mucho más profundo. La verdadera pregunta es: ¿cuál es la política energética del país para los próximos 20 o 30 años?
¿Queremos ser un simple proveedor de materias primas? ¿Apostaremos por energías renovables? ¿Fortaleceremos la participación privada bajo reglas claras? ¿Mantendremos un rol estratégico del Estado en sectores clave? Sin un plan integral, cualquier decisión será parcial y probablemente insuficiente.
El problema no es discutir el futuro de una empresa estatal. El problema es hacerlo sin una visión de país. Mientras el mundo acelera, el Perú aún no define hacia dónde quiere ir.
La transición energética no espera. Y los países que no toman decisiones estratégicas hoy, mañana solo reaccionarán a las decisiones que otros ya tomaron.
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