PASCO LIBRE

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PERU: SETIEMBRE 11 DÍA DEL CONTADOR PÚBLICO

A nivel nacional los gremios profesionales que agrupan a los contadores públicos, en retrospectiva recuerdan la Ley N° 13253 Ley de profesionalización del contador público y la creación de los colegios de contadores públicos, promulgada el 11 de setiembre de 1959 durante el gobierno de Manuel Prado.

EL CONTADOR PÚBLICO ESTRATEGA EN LA EMPRESA

El profesional contador público, en épocas de TIC e IA actúa como un estratega financiero y consultor de negocios que impulsa la información económica más allá de un simple registrador de documentos. Actúa como un CEO o director financiero quien juntamente con la alta dirección asumen responsabilidad colectiva para definir la estrategia y el rumbo de los negocios.
La información financiera de las empresas son informes relevantes que hace que un contador público se involucre en el diseño de los planes de acción a mediano y largo plazo para el crecimiento y expansión de las empresas.

LOS COLEGIOS DE CONTADORES Y EL ESTADO

Los entes estatales claves en el desarrollo y control gubernamental del país, en los últimos gobiernos no fueron convocados a ejercer gestión publica aun conociendo el rol de los gremios profesionales, por citar una deficiencia; a partir del gobierno de partido político Perú Posible se distorsiona escandalosamente el cargo y función del Contralor General de la Republica nombrando a un ingeniero mecánico para dirigir el control gubernamental, este episodio abrió trocha a la expansión del virus de la corrupción desde dentro del Estado y que instituye el “cargo de confianza” para reintegrar los ya conocidos favores políticos.

El Estado dentro de su plan estratégico de nueva gobernanza e integridad pública, debe de sincerarse en innovar la precaria normatividad vigente, se requiere leyes que sumen al desarrollo del país, un punto de partida es enmendar la legislación actual que tipifique que el Contralor General de la Republica debe ser un profesional especializado en Auditoria de control gubernamental y Finanzas Publicas; dos es exigir que los aspirantes al parlamento nacional deben de contar con estudios técnicos o universitarios concluidos y colegiados en los colegios profesionales del país.

Hay mucha precariedad en los sistemas públicos del Estado, el país está cansado de reformas y declaratorias de emergencia cuando la cura la tiene el propio Estado; hay que empoderar al funcionario público y modificar la norma que reza para ser procurador público del Estado, debe ser de profesión abogado; pues en temas financieros o delitos de lavado de activos se requiere de expertos en delitos económicos y desbalance patrimonial, el llamado natural recae en un Contador Público.

Se debe invocar a los burócratas a reflexionar; pues existen entes comprometidos en atenuar y defender los intereses del Estado, pero sus acciones han convulsionado, léase la comisión de alto nivel anticorrupción-CAN, el consejo de supervigilancia de fundaciones, defensoría del contribuyente, la asamblea nacional de gobiernos regionales-ANGR, entre otras, que no sabemos de su productividad o gestión por resultados.

¡Feliz día del Contador Público Peruano!!!

Por: Jorge M. Chunga Martínez /Auditor-Perito Financiero/ Email: peritosjudiciales1@gmail.com

EL FRACASO DE LA DERECHA, CUANDO DICEN LA IZQUIERDA FRACASADA

Aunque la data es real, siempre habrá quienes nieguen la verdad, algunos por ignorancia comprensible y otros por ceguera ideológica, pero los hechos son los hechos. Por ejemplo, los grandes medios de comunicación repiten únicamente la visión de derecha, porque sus dueños – en su derecho – son de derecha. El problema radica en que se revisten de neutrales o imparciales, cuando en realidad son árbitros comprados. Si me equivoco, que alguien cite algún medio de izquierda que se equipare a todo el poder mediático de derechas en nuestra patria. La esperanza está en que la gran prensa se debilitó con la aparición de las redes sociales, aún en este escenario, se manipulan los algoritmos a favor del dueño de la red y a favor del que paga más, que por su puesto es de derechas. Por eso mañana, tarde y noche nos machacan las conveniencias del gran empresariado. Con ese poder, esconden bajo la alfombra el reciente gran fracaso de la derecha peruana y nos imponen su discurso de la izquierda fracasada. 
Por Yonel Rosales 

Solo unos pocos periodistas y opinólogos suelen señalar que en el 2016 se inició la crisis de gobernabilidad en el país. Y muy contados líderes de opinión nombran al fujimorismo como al responsable de la inestabilidad con las vacancias presidenciales. Pero a nadie escuché señalar, me parece que tampoco desde la izquierda, lo del 2016 no solo se resumen al inicio de una crisis política, es el mayor fracaso de la derecha peruana de estas épocas, de entregarnos un mejor país. Ah, pero insistentemente atribuyen a la izquierda los fracasos en otras naciones, y en la misma dimensión, evitan mencionar los éxitos de la izquierda en otros lares. Así tapan lo sucedido con el gobierno de PPK y cada tanto nos recuerdan el fracaso de Pedro Castillo.

Entonces recordemos con los factos. El 2016 ganó la presidencia PPK, el laureado economista de derechas, con una trayectoria impecable de gran lobista y recontra derechas. Cuando nombró sus ministros llegaron a decir que era un gabinete de lujo. No tenía nada de izquierda- Solo un afiebrado fuji puede creer tamaña tontería que repiten en las redes que PPK es de izquierda, en realidad se diría que PPK es el fujimorista incomprendido. Hizo campaña por Keiko en el 2011 y ahora ya anunció su respaldo al fujimorismo. El economista logró 18 escaños en el Congreso de la República en ese 2016. La otra facción de derechas, el fujimorismo obtuvo 73 congresistas, ellos solos ya tenían mayoría absoluta. Los otros partidos de derechas Alianza para el progreso, Acción Popular y el Apra, obtuvieron 9; 5 y 5 curules respectivamente. 

Si sumamos todos los congresistas de derechas, eran 110 contra 20 parlamentarios de izquierda del Frente Amplio. La derecha tenía todo el poder para hacer las grandes reformas y cambios del que hablan siempre, pero que la izquierda les petardea, según ellos. El 2016 no tuvieron a quien culpar. Sin necesidad de siquiera consultarle algo a la izquierda, pudieron hacer del Perú el país maravilloso acorde a sus promesas. Ningún izquierdista salió a tratar de vacarlos o desconocer su victoria. En cambio, si analizamos los números de la izquierda, aunque Castillo no sabía ni dónde estaba parado - peor aún, no sabría qué son las ideas de izquierda o de derecha - lo tenía todo en contra. 1. Salíamos de la gran pandemia del Covid-19, histórico. 2. Rechazaban el triunfo de Pedro Castillo, denunciaban fraude, por poco impedían que asuma el cargo y finalmente lo vacaron. 3. Por último y lo crucial, Castillo solo consiguió 37 congresistas con Perú Libre, más 5 de sus aliados de Juntos por el Perú, llegaban solo a 42. De 130 congresistas, 88 eran de derechas o centro en la elección del 2021. En cambio el gobierno de PPK tuvo 110 congresistas, entre matices, de la misma esfera ideológica, mientras Castillo solo tuvo 42 a su favor, además de sus limitaciones intelectuales en contra. 

No hay que ser muy inteligentes para concluir que el 2016 la derecha tuvo todo a favor, el mejor escenario para gobernar, poder en la presidencia de la república, poder absoluto en el congreso y obviamente el rotundo respaldo de los poderes fácticos (empresarios multimillonarios y sus medios de comunicación), teniendo todo, la derecha que nos asusta con el cuco del comunismo o la inestabilidad prefirió la lucha intestina, el mayor fracaso de la derecha fue por su canibalismo y nos demostró una vez más que la patria es lo último que les importa. Pero ellos dominan el discurso a través de sus altavoces y repetidoras: la izquierda fracasada.

PERDÓN Y RECONCILIACIÓN PASCUAL EN UNA POSMODERNIDAD VENGATIVA- LISANDRO PRIETO FEMENÍA

“El perdón no es un olvido, es la memoria del pasado transfigurada por la caridad. No es la negación de la justicia, sino su cumplimiento más alto y difícil en la historia de los hombres”
Juan Pablo II (2002). Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, p. 3.

Como hemos repetido hasta el hartazgo, la posmodernidad está caracterizada por la caída de los grandes relatos y la fragmentación del sentido, dejando al sujeto contemporáneo en una suerte de orfandad ética donde la justicia suele reducirse al simple cálculo de la pena. En este escenario de profunda decadencia axiológica, la celebración de la pascua emerge no como un rito anacrónico de la memoria litúrgica, sino como una interrupción violenta, un verdadero “kairós” en la lógica de la reciprocidad negativa que suele dominar los escenarios de posconflicto.

Mientras que la justicia retributiva se asienta sobre la búsqueda de una equivalencia exacta del daño, la propuesta cristiana de reconciliación introduce una asimetría que descoloca la razón puramente jurídica. No se trata, bajo ningún concepto, de ignorar el agravio o de promover una amnesia institucionalizada, sino de entender que la justicia, cuando queda abandonada a su propia inercia punitiva, corre el riesgo inminente de transformarse en una venganza legalizada que perpetúa el ciclo del resentimiento.

En su obra “La memoria, la historia, el olvido”, Paul Ricoeur profundiza en esta tensión dialéctica con una altura filosófica que nos permite distinguir la norma de la excepción. El filósofo sostiene que el perdón posee una naturaleza excepcional que sobrepasa el orden de la ley sin anular su vigencia, advirtiéndonos así sobre la fragilidad de una sociedad que sólo sabe castigar, mientras que señala que el perdón es el único dispositivo capaz de liberar el pasado para que éste deje de ser un destino fatal para las generaciones venideras. Al respecto, nuestro autor afirmó con precisión que “el perdón, si tiene un sentido, si existe, debe ser un perdón de lo imperdonable. La justicia, por el contrario, se detiene ante lo imperdonable, puesto que su medida es la de la retribución y la de la equivalencia entre el crimen y el castigo” (Ricoeur, 2004, p. 593).

Esta distinción resulta fundamental para comprender la ética pascual en contextos donde las heridas sociales aún supuran. La justicia distributiva busca el equilibrio de la balanza, una simetría de dolor, pero el perdón cristiano busca la restauración del sujeto y la posibilidad de un nuevo comienzo. La pascua es, en su esencia más íntima, la victoria sobre la muerte, y en la esfera de lo social, la muerte se manifiesta precisamente como la cosificación del otro bajo la etiqueta inamovible del enemigo. Al reclamar una justicia que trascienda la simple punición, la reconciliación cristiana propone que la verdad del hecho victimizante sea el cimiento innegociable, porque la caridad sea la estructura arquitectónica que permita volver a habitar la ciudad común tras el horror.

Esta caridad no debe confundirse con una emoción vaga o un sentimentalismo inoperante, pues constituye una exigencia ontológica que San Agustín de Hipona sitúa en el centro de la vida del espíritu. Para la antropología católica, el ser humano es una criatura caída que, sin embargo, conserva de forma indeleble la “imago Dei”, lo que implica que ningún crimen, por atroz que sea su naturaleza, agota la dignidad del ofensor ni clausura la capacidad de la gracia para restaurarlo. Agustín, en sus “Confesiones”, nos recuerda que la justicia divina no opera bajo los parámetros del intercambio mercantil del mundo, sino que busca salvar lo que estaba perdido a través de un amor que precede a cualquier mérito humano. El santo obispo de Hipona reflexiona sobre esta misericordia que desborda el juicio clamando: “Tú, Señor, eres justo, pero nosotros hemos pecado, hemos obrado inicuamente y nos hemos portado impíamente en todo; y tu mano se ha agravado sobre nosotros... Sin embargo, tú, Señor, eres bueno y misericordioso, y perdonas a los que te confiesan sus pecados” (Agustín de Hipona, 2010, p. 245).

La encarnación de esta doctrina se manifiesta con especial crudeza en la composición del grupo de los Doce, donde la reconciliación no podía ser un postulado teórico, sino una convivencia agónica. La relación tirante entre Mateo, el publicano que recaudaba tributos para el régimen opresor romano, y Pedro, el pescador galileo cuya identidad estaba ligada a la resistencia y al celo por la pureza de su pueblo, representa el microcosmos de cualquier posconflicto. Tengamos en cuenta que Mateo simbolizaba la traición institucionalizada y la injusticia económica, mientras que Pedro representaba la lealtad herida y el juicio severo hacia el traidor colaboracionista. Sólo la mirada pascual pudo fundir estas dos soledades en una misión compartida, pues el perdón cristiano exige reconocer que ambos, el traidor público y el negador oculto, dependen de la misma fuente de misericordia. El mismo evangelio de Mateo, al narrar su propio llamado, no oculta la escandalosa inclusión de los pecadores en la mesa del Reino, remarcando que la justicia de Dios prefiere la restauración del vínculo sobre la exclusión del culpable.

En este punto de la reflexión es imperativo precisar que, en esta dinámica, el acto de pedir perdón no debe interpretarse como una transacción orientada a la obtención de un beneficio o a la anulación de una pena. Pedir perdón es, ante todo, un acto de verdad que nace del arrepentimiento interior; no se solicita para ser perdonado, sino para manifestar que el sujeto ya no se identifica con el mal cometido. El arrepentimiento es la transfiguración de la voluntad. Por el contrario, recibir el perdón es un regalo soberano de la víctima, una gracia que puede o no ser otorgada, pues si fuera exigible por derecho, dejaría de ser perdón para convertirse en una deuda saldada. Al respecto, es pertinente recordar que Hannah Arendt, en sus estudios sobre la acción humana, hace puntual hincapié en esta imprevisibilidad, sosteniendo que “Nadie puede perdonarse a sí mismo... El perdón es la única reacción que no simplemente re-acciona, sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó” (Arendt, 2005, p. 257).

El fundamento último de esta praxis no reside en una abstracción teórica, sino en el acontecimiento mismo del Calvario. El evangelio de Lucas recoge el testamento ético de la Pascua en el momento de máxima tensión del conflicto humano: la crucifixión del Inocente. Allí, la justicia retributiva queda desarmada ante una palabra que redefine la historia de las ofensas. Cristo, lejos de apelar a la ley del talión, inaugura la era de la reconciliación mediante una intercesión que destroza la lógica humana de la culpabilidad: “Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Biblia de Jerusalén, 2013, Lucas 23:34, p. 1541).

Bajo esta luz, surge un contraste insalvable entre la justicia retributiva y la justicia divina. La primera es una justicia de conmutación, de orden estrictamente legalista, donde el castigo se entiende como un fin en sí mismo para restaurar un equilibrio abstracto de poder. En cambio, la justicia de Dios es, paradójicamente, una justicia que justifica, es decir, que hace justo al injusto no por la vía del dolor impuesto, sino por la vía de la comunicación de una vida nueva que fluye del costado abierto del Crucificado. Al respecto, recordemos que Santo Tomás explicó con maestría en su “Suma Teológica” que la obra de la justicia divina siempre presupone la obra de la misericordia y se funda en ella, señalando que “La justicia de Dios es verdad. Pero la justicia de Dios no se mide por la cantidad del castigo, sino por el orden de su sabiduría, a la cual se debe que se guarde el orden en las cosas... La misericordia no destruye la justicia, sino que es una plenitud de la justicia” (Aquino, 2001, p. 214 [I, q.21, a.3]).

La reconciliación teológica, por tanto, no debe entenderse como un simple arreglo diplomático o una amnistía política, sino como un misterio de mediación que invierte la lógica del sacrificio pagano. Joseph Ratzinger, en su obra “Introducción al cristianismo”, expone que la reconciliación cristiana significa que Dios mismo, en su gratuidad absoluta, sale al encuentro del hombre para cargar con la alienación humana. La reconciliación es el paso definitivo de la justicia del acreedor a la justicia del donante, una lógica que resulta ininteligible para el individualismo posmoderno que sólo concibe el derecho como protección del propio interés. Con lucidez, Benedicto XVI afirmó que “la reconciliación no es algo que el hombre ofrezca a Dios, sino el hecho de que Dios se acerque al hombre. Es el proceso por el cual Dios mismo restaura el derecho, pero no mediante la destrucción del culpable, sino mediante la asunción del sufrimiento que el mal ha provocado” (Ratzinger, 2005, p. 231).

Frente a esta propuesta, la posmodernidad decadente ha entronizado una ética de la venganza individualista, disfrazada a menudo de rigorismo moral en las arenas públicas digitales. En esta cosmovisión, el error es definitivo y el otro queda reducido permanentemente a su peor acto, negándole cualquier posibilidad de redención o cambio mediante campañas nefastas de cancelación y difamación. Contrariamente, la propuesta cristiana se presenta como un muro de contención contra este narcisismo que busca la justicia sólo como satisfacción del capricho del ego herido. La pascua nos invita a transitar de la venganza del "yo" a la ofrenda del "nosotros", entendiendo que la paz social no se puede construir sobre el aniquilamiento moral del adversario, sino sobre la posibilidad de su conversión. El mandato del Resucitado a sus discípulos sella esta misión enviándolos a ser agentes de una paz que el mundo no puede dar: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Biblia de Jerusalén, 2013, Juan 20:22-23, p. 1599).

El Papa Francisco retomó esta preocupación en el cuerpo de su encíclica “Fratelli Tutti” cuando explicitó su pesar ante sociedades que han perdido la capacidad de sanar sus propios traumas. El texto enfatiza que la reconciliación auténtica no escapa del conflicto, sino que se sitúa en su centro para transformarlo desde la raíz. Francisco argumentó sobre la necesidad imperiosa de no confundir el perdón con la pasividad ante el mal, puesto que “el perdón no implica olvido. Decimos más bien que cuando hay algo que de ninguna manera puede ser negado, relativizado o disimulado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que jamás toleraremos que se intente justificar, sin embargo, podemos perdonar” (Francisco, 2020, p. 182).

Esta postura desafía la justicia retributiva que exige que el culpable sufra en la misma medida en que hizo sufrir, planteando en su lugar una justicia que mira hacia el futuro. En este sentido, la pascua nos recuerda que la vida nueva surge de una herida que permanece abierta en la memoria pero que ya no supura odio. En la posmodernidad, donde el derecho se ha vuelto una técnica gélida y procedimental ejecutada por inútiles e inmorales, la ética del perdón reintroduce la humanidad del rostro frente al anonimato de la represalia. Una sociedad que sólo aplica la ley de conveniencia termina por devorarse a sí misma en la búsqueda infinita de culpables, mientras que una comunidad que celebra el paso pascual entiende que la justicia es el piso, pero nunca el techo, de las relaciones humanas.

Tras este recorrido, la inquietud filosófica permanece latente en el corazón de nuestra cultura: ¿es nuestra sociedad contemporánea capaz de soportar el peso de una gracia tan radical en medio de un narcisismo que exige la destrucción del otro para reafirmarse? ¿Podremos alguna vez transitar de una justicia precaria que sólo sabe castigar a una que sea capaz de restaurar la humanidad herida, tanto de la víctima como del victimario? ¿Es legítimo exigir el perdón como un derecho civil o debemos salvaguardar su naturaleza de don gratuito para que no pierda su potencia redentora?

Si la pascua es el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte del alma que odia, el desafío más urgente no es jurídico, sino espiritual. ¿Quién de nosotros se atreverá a ser el primero en soltar la piedra de la retribución para abrazar la incertidumbre del perdón? Quizá, al final del día, la verdadera justicia no se encuentre en las frías sentencias de un juez corrupto, sino en ese instante sagrado en que dos enemigos se reconocen hermanos bajo la sombra de una cruz que ya no pide más sangre.

Referencias bibliográficas

Agustín de Hipona. (2010). Confesiones (P. de Labriolle, Trad.). Editorial Gredos. (Obra original publicada c. 397-400).

Aquino, T. (2001). Suma de Teología (Traducción dirigida por los Regentes de Estudios de las Provincias Dominicanas en España). Biblioteca de Autores Cristianos. (Obra original publicada 1265-1274).

Arendt, H. (2005). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1958).

Biblia de Jerusalén. (2013). Editorial Desclée de Brouwer.

Francisco. (2020). Carta Encíclica Fratelli Tutti: Sobre la fraternidad y la amistad social. Tipografía Vaticana.

Juan Pablo II. (2002). Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz: No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. Libreria Editrice Vaticana.

Ratzinger, J. (2005). Introducción al cristianismo (J. L. del Valle, Trad.). Sígueme. (Obra original publicada en 1968).

Ricoeur, P. (2004). La memoria, la historia, el olvido (A. Neira, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 2000).

Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo  
San Juan - Argentina 

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UN INDULTO PARA CASTILLO Y QUE SE VAYA A SU CASA

No obstante, al desastre de su gobierno, y lo más grave, haber entregado el país a un pacto mafioso, darles el poder a los perdedores, el expresidente Pedro Castillo, aún tiene un número importante de seguidores, que además de fieles son miopes. Dado a este bolsón de votos, más de un aspirante presidencial intentó coquetearle a ese electorado ofreciéndoles un indulto al apresado. No creo que los aspirantes al sillón presidencial, de izquierda o de derecha, le lancen flores por amor al chancho, si no a los chicharrones. En cualquiera de los casos, es muestra de la ceguera o el fanatismo, defendiendo lo indefendible.
Por Yonel Rosales 
El fujimorismo defiende a Alberto Fujimori y lo reivindica, pese a que fue condenado por ladrón y asesino, para no citar toda la laya de sus delitos y actos contra la dignidad nacional, como postular al senado japonés despreciando el Perú. Claro, parto de no equiparar los delitos de Fujimori con los actos de Castillo, es como el tiburón y la Lorna, pero equiparo la defensa de sus seguidores a sus líderes. Ninguno de los bandos acepta sus irregularidades, si por ellos fuera nos los impondrían como santos. Las evidencias, incluso en procesos judiciales ya se evaluó, no importan, ninguna verdad será verdad ante los ojos de sus fanáticos.

Martín Vizcarra, un astuto político que sabe jugar al poder, pero sus uñas largas le llevaron a la cárcel, vio ese potencial de miopes castillistas y antes del inicio oficial de las elecciones le ofreció el indulto. De ahí le siguieron, Yhony Lescano, Roberto Sánchez, teniendo como única bandera la liberación del profesor, y Ronald Atencio, prometiendo el indulto no solo para Pedro Castillo, también para otros luchadores sociales como Aduviri y ciudadanos condenados por protestar o enfrentarse a mineras, este último parece más inclusivo. 

Creo que Castillo debe cumplir su condena, se lo merece. No por el tonto golpe de estado que intentó dar, si no por lo más grave, haber entregado el poder a los perdedores, dejarle la mesa servida al pacto corrupto. De hecho, el señor Castillo ni sus miopes, son conscientes del abismo al que nos arrojó con ese último acto de su infructuoso gobierno. El dirigente sindical ahorita sería un héroe gozando de su libertad y no estaría mendigando un indulto (le solicitó por escrito al presidente Balcázar), si solo hubiese hecho caso las sugerencias de personas bien intencionadas e instituciones independientes que, al ver su gobierno destartalado a los pocos meses de botar a sus mejores ministros, le pidieron que adelante las elecciones. Pero al genio de Castillo, se le ocurrió intentar un golpe de estado. Si adelantaba las elecciones, probablemente sería un afamado congresista, que sacrificó su presidencia, y el gobierno estaría en manos de alguien cercano a su grupo. El profesor pudo ser héroe, gozar de su libertad, pero eligió la cárcel y joder el país con su tonto golpe, eso es lo más grave, entregar el poder a los perdedores.           

Por eso equiparo a los seguidores de Fujimori y de Castillo, por un lado, defendiendo a un ladrón, el otro bando defendiendo a alguien que echó por la borda la esperanza del pueblo. Ambos defendiendo lo indefendible. Los castillistas dicen que la derecha, los derrotados no le dejaron gobernar. ¡Qué esperaba!, ni a PPK le dejaron en paz, ¿iban a recibirlo con flores un andino?, era obvio que el serrano atrevido que les ganó, sería repudiado. Es como decir: el otro equipo no se dejó meter goles. En el juego del poder, Castillo tuvo que actuar con mucha inteligencia, es evidente que llegó muy tarde a esa repartición. Siguiendo con el ejemplo de la pichanga, pretender que el expresidente vuelva a la cancha a través de sus familiares postulando con Juntos por el Perú, es como regresar al jugador que hace autogoles, y en su corto periodo, se hizo muchos autogoles. Por el bien del país, ya deben superar a Castillo. Pero para la tranquilidad de su familia y sus seguidores, dado a lo anodino de su intento de golpe de estado, deben indultarlo, pero con la condición que se vaya a su casa, a cuidar sus gallinas, porque - ¿no sé si lo dijo Hildebrandt u otro intelectual? – no está ni para profesor de aula. 

EL RUGIDO DE LA VULGARIDAD COMO LITURGIA DEL PODER- LISANDRO PRIETO FEMENÍA

“La verdad no teme al diálogo; quien la practica no necesita el insulto para sostenerse” (Cortina, A., 1994, Ética mínima: para la vida cotidiana, p. 27).

La política posmoderna exhibe en nuestros días un fenómeno cuyo significado histórico exige una disección rigurosa, extensa y crítica: la conversión de la comunicación pública en un espectáculo sistemático de la ofensa. No se trata de un exabrupto accidental, un rasgo de personalidad o una simple falta de decoro, sino que esta transformación revela una mutación ontológica en la conducción del Estado y en la percepción de las instituciones públicas. Al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación. Este recurso tampoco es azaroso, sino que responde a las demandas de una sociedad totalmente rota que, en su hastío institucional y fatiga democrática, ha dejado de valorar la sensatez para premiar la contestación reactiva. El espacio de lo común se convierte así en un territorio de guerra simbólica donde la verdad es el primer sacrificio en el altar de una eficacia política medida en términos de impacto emocional y mediático.

Observamos la materialización de este diagnóstico en la apertura del 144| período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina, un evento que funcionó como el escenario predilecto para la exhibición de esta nueva liturgia. Allí, la palabra presidencial no buscó la articulación de un proyecto colectivo ni la convocatoria a la unidad nacional, sino la demolición moral y existencial de un adversario que está bastante flojo de papeles. Al calificar a los representantes legislativos y gobernadores como “ladrones”, “estafadores”, “asesinos” o “golpistas”, y referirse al propio recinto parlamentario como un “nido de ratas”, el orador desplaza la política desde la administración de la complejidad hacia la estética de la crueldad rentable en términos de márketing político. En este escenario, la vulgaridad funciona como un activo político de alta rentabilidad porque en un tejido social fragmentado por el resentimiento y la anomia, el insulto es decodificado- falsamente- como un signo de “coraje”, “transparencia” y “autenticidad”. Se valora la capacidad de infligir daño simbólico al “otro” por sobre la solvencia para gestionar la cosa pública, transformando la violencia retórica en el único combustible de una legitimidad que ya no se construye mediante el consenso deliberativo, sino a través del show de la degradación institucional.

Para comprender la naturaleza hiperreal de este fenómeno patético, Jean Baudrillard ofrece una perspectiva desoladora pero precisa sobre la disolución de “lo político”. Lo que presenciamos en el estrado no es política en el sentido clásico de la gestión de lo común, sino su simulacro, es decir, una puesta en escena donde el grito y el insulto sustituyen a la acción real. Baudrillard sostiene que hemos entrado en una fase donde el signo ya no representa una realidad, sino que la precede y la constituye, en lo que él denomina la “precesión de los simulacros”. En este sentido, el berrinche presidencial es una “obscenidad” en términos baudrillardianos: la exposición total y cruda de lo que debería permanecer en la esfera de lo privado (el odio, el impulso ciego, el exabrupto) para saturar el espacio público hasta volverlo irrespirable. Asimismo, el autor afirma con contundencia que “lo obsceno es lo que pone fin a toda mirada, a toda imagen, a toda representación. No es lo que se oculta, sino lo que se exhibe con demasiada proximidad, lo que no deja lugar a la escena” (Baudrillard, J., 1978, Cultura y simulacro, p. 74). Al llamar “ratas” a los legisladores, se rompe la escena política de la representación- basada en el respeto a la investidura y la alteridad- y se instala la obscenidad de un poder que sólo sabe mostrarse a través del impacto violento, anulando cualquier profundidad deliberativa y dejando al ciudadano en un estado de fascinación hipnótica ante el desastre.

Esta puesta en escena del agravio revela, fundamentalmente, una profunda infantilización de la política. Un presidente que se expresa a través de arrebatos de enojo perpetuo, los gritos y los insultos- gestos propios de la etapa pulsional del desarrollo- no es más que la metáfora de una inmadurez sistémica en la que está embebida una sociedad que ha abandonado el ejercicio del pensar.  Neil Postman, en su análisis sobre la degradación del discurso público, advertía que cuando la política se convierte en una extensión del espectáculo, el contenido desaparece en favor del impacto visual y emocional primario. Puntualmente, nos dice que “cuando un pueblo se confunde con una audiencia y sus asuntos públicos en un vodevil, entonces la nación está en peligro; la cultura muere porque la gente no sabe de qué se ríe ni por qué ha dejado de pensar” (Postman, N., 1991, Divertirse hasta morir, p. 161). Pues bien, en la actualidad, el grito presidencial es el aplauso que reclama una sociedad minorizada que prefiere la gratificación inmediata de la ofensa- el “berrinche” que castiga al enemigo- antes que el esfuerzo laborioso, lento y racional de la argumentación crítica. La madurez política, que implica reconocer la complejidad y la legitimidad del disenso, ha sido canjeada por una catarsis adolescente que confunde la agresión con la fortaleza.

A este escenario se suma un abismal quiebre generacional, moral y político que fractura la experiencia compartida de la realidad. Mientras la juventud del siglo XXI, criada en la inmediatez de las redes y la lógica del trolling, parece haber asimilado estas expresiones como formas legítimas de “disrupción” o “rebeldía” contra un sistema percibido caduco, quienes hemos habitado este mundo por más de tres décadas asistimos a esta naturalización con una complejidad que raya la angustia. No se trata de una resistencia conservadora al cambio, sino de una incomprensión de fondo ante la caída de los diques éticos del lenguaje. Para Baudrillard, ésta es la era de la “disolución de lo social”, donde los vínculos se vuelven transparentes, gélidos y puramente operativos e instrumentales. La violencia verbal ya no causa escándalo porque se ha convertido en una “hiperrealidad” mediática donde el dolor del otro no se siente como real. También, según Zygmunt Bauman, esta desconexión produce una fractura política donde “la comunicación electrónica permite que la agresión fluya sin el freno que antes imponía el reconocimiento del rostro del otro” (Bauman, Z., 2005, Ética posmoderna, p. 184). Esta perplejidad ante la violencia naturalizada nos deja inmovilizados: la sensación de no entender nada no es falta de inteligencia, sino la orfandad de no reconocer ya los códigos éticos de la sensatez que sostenían la convivencia mínima.

Complementariamente, para Hannah Arendt, esta degradación es el fin de la política como espacio de aparición y libertad. Si el lenguaje se reduce a insultos y descalificaciones zoológicas, la pluralidad humana desaparece bajo el peso de la etiqueta estigmatizante. Arendt sostuvo que la política es el ámbito donde los sujetos, a través del habla, revelan quiénes son en su singularidad. Cuando el discurso pierde su función persuasiva y se convierte en fusilamiento simbólico, la acción política se empobrece. Como ella misma señala, “dondequiera que la relevancia del discurso se halle en juego, la cuestión se convierte en política por definición, pues es el discurso lo que hace del hombre un ser político” (Arendt, H., 1996, La condición humana, p. 179). Así, el discurso que animaliza al opositor bajo el rótulo de “ratas” o “parásitos” atenta contra la propia posibilidad de la acción humana, reduciendo la pólis en un desierto de odio donde sólo impera el monólogo de un soberano que ha renunciado a la palabra para abrazar el rugido.

Pierre Bourdieu refuerza la precitada lectura al explicar el concepto de “violencia simbólica”, esa forma de dominación que arranca sumisiones a través de creencias socialmente inculcadas y categorías de percepción impuestas desde el poder.  La vulgaridad organizada no es un desborde emocional, sino una forma de acumulación de capital simbólico que impone una visión del mundo donde el pensamiento es tildado, inmediatamente de complicidad. El autor explica que “la violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas expectativas colectivas, en unas creencias socialmente inculcadas” (Bourdieu, P., 1996, Sobre la televisión, p. 22). En la Argentina del año 2026, esta técnica se manifiesta como una liturgia de odio que consolida un poder que ya no requiere de la persuasión, sino de la claudicación del interlocutor ante la fuerza del estigma masivo.

A este análisis añadimos también la perspectiva de Byung-Chul Han sobre la “infocracia” y la crisis de la verdad. Han sostiene que el régimen de información digital ha destruido la estabilidad de lo real, permitiendo que el afecto y la indignación sustituyan al juicio reflexivo. En una sociedad rota, la vulgaridad es el vehículo perfecto para la viralización del odio, porque “la crisis de la verdad es ante todo una crisis de la comunidad. La verdad es un lazo social. Se basa en una praxis comunicativa. Hoy, la verdad se desintegra en información, en noticias que se consumen y se desechan” (Han, B-C., 2022, Infocracia, p. 34). Esta desintegración es la que hace que los recursos discursivos decadentes y violentos sean rentables, puesto que ya no importa la veracidad de la acusación (“asesinos”, “golpistas”), importa que impacto emocional sea total y que mantenga a la audiencia en un estado de movilización permanente contra el fantasma del enemigo.

Esta mutación del lenguaje político socava los fundamentos de la democracia deliberativa de Jürgen Habermas. Para él, la legitimidad sólo puede emanar de un proceso de entendimiento mutuo basado en pretensiones de validez compartidas. Cuando la comunicación se rige por la injuria proferida desde la magistratura nacional, se rompe el “mundo de la vida” y se coloniza la palabra mediante el poder instrumental. Habermas nos advierte que “el concepto de acción comunicativa presupone el lenguaje como un medio de entendimiento sin más, en el que los hablantes y oyentes se refieren, desde el horizonte de su mundo de la vida, simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo” (Habermas, J., 1981, Teoría de la acción comunicativa, p. 45). El rugido del insulto fractura este horizonte común, reemplazando la búsqueda del acuerdo por una imposición que desprecia tanto la investidura de las instituciones como la lógica mínima de la sensatez.

En este contexto de orfandad discursiva y parálisis moral, la ética pública reclama una respuesta que no puede ser un mero decoro burgués o un formalismo vacío. Justamente por ello, Adela Cortina subraya la necesidad de una “razón cordial” que reconozca la dignidad del otro como un sujeto con razones válidas, incluso en el conflicto más enconado. La normalización de la injuria produce un empobrecimiento del lenguaje cívico que imposibilita la construcción de políticas justas, ya que “el insulto desactiva la posibilidad de comprender y, por tanto, de construir políticas justas” (Cortina, A., 1994, Ética mínima, p. 121). La cortesía política es, en rigor, la última salvaguarda de la paz social frente a la barbarie de la descalificación totalizadora.

Finalmente, queridos lectores, nos queda decir que esta decadencia nos sitúa ante una encrucijada que es tanto política como ontológica. Si aceptamos que la esfera pública sea el escenario donde triunfa quien más y mejor humilla porque “dice las cosas de frente”, habremos claudicado ante una forma de barbarie que prefiere el impacto del grito frente a la solidez de la verdad. La perplejidad que nos causa la violencia sistematizada es la señal de que algo fundamental en nuestra civilización se ha roto definitivamente.

A partir de lo precedentemente expuesto, cabe plantearnos las siguientes interrogantes para la reflexión. ¿Es posible sostener un sistema democrático cuando la palabra ha sido despojada de su función comunicativa y reducida a un proyectil de odio? ¿Hasta qué punto la fascinación por el “líder enojado” oculta una renuncia colectiva a la responsabilidad de pensar la complejidad del presente? ¿Cómo vamos a reconstruir el respeto y la sensatez en una sociedad que ha encontrado en la vulgaridad una forma de entretenimiento y en la humillación ajena una forma de justicia? ¿Estamos ante el fin de la política como diálogo para entrar en una era de simulacros de furia que sólo encubren nuestra incapacidad de imaginar un futuro común? ¿Cómo habitamos, en definitiva, la angustia de un mundo donde el respeto ya no es un código compartido, sino el residuo de una civilización que se desvanece ante el grito del berrinche soberano?

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1996). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1958).

Baudrillard, J. (1978). Cultura y simulacro (P. del Carril, Trad.). Editorial Kairós.

Bauman, Z. (2005). Ética posmoderna (H. Cardoso, Trad.). Siglo XXI Editores.

Bourdieu, P. (1996). Sobre la televisión (G. Castro, Trad.). Editorial Taurus.

Cortina, A. (1994). Ética mínima: para la vida cotidiana. Alianza Editorial.

Habermas, J. (1981). Teoría de la acción comunicativa (M. Jiménez Redondo, Trad., Vol. 1). Editorial Taurus.

Han, B-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Editorial Taurus.

Postman, N. (1991). Divertirse hasta morir: El discurso público en la era del espectáculo (V. Goldstein, Trad.). Editorial de la Tempestad.

Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo  
San Juan - Argentina 

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LA DEPRESIÓN COMO ENCRUCIJADA EXISTENCIAL- LISANDRO PRIETO FEMENÍA

“La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar un corazón. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”
Camus, 1955/1942, p. 78.

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre la depresión, un fenómeno que no se agota en un diagnóstico clínico ni se limita a la simple suma de neurotransmisores. De hecho, se alza como un problema filosófico que fuerza a repensar la relación intrínseca entre sentido, libertad e identidad. Cuando la vida parece vaciarse de contenido, es decir, cuando el mundo circundante muestra su silencio ante nuestras demandas de coherencia, surge la pregunta por el sentido que ha atravesado toda la reflexión existencialista.

El pensador Albert Camus interrogó frontalmente la condición humana frente al absurdo, señalando que la conciencia de ese choque brutal entre nuestra sed innata de significado y la indiferencia cósmica no debe conducir, sin más, a la rendición. Desde su perspectiva en “El mito de Sísifo”, el absurdo es la consecuencia de un encuentro: “el absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irracional del mundo” (Camus, 1955/1942, p. 30). Si optamos por entender la depresión como una respuesta radical a la experiencia de lo absurdo, encontramos en ella, paradójicamente, una lucidez cargada de dolor, que es el reconocimiento íntimo que los marcos habituales de sentido han colapsado.

Aquella dolorosa lucidez abre, sin embargo, caminos interpretativos notoriamente divergentes. Desde la perspectiva sarteana, la libertad humana se entiende como absoluta y radical, y la consecuente angustia no es otra cosa que la revelación de la nada que subyace a toda elección. Por consiguiente, la depresión podría interpretarse como una forma externa de esa angustia, manifestándose cuando la posibilidad de acción se torna insoportable y la libertad misma se experimenta como una carga sin horizonte. Jean-Paul Sartre sostuvo categóricamente que “el hombre está condenado a ser libre” (Sartre, 2018/1943, p. 627), y que la depresión expone el coste concreto de esta condena: la parálisis de la decisión y la imposibilidad de proyectarse hacia futuros que antes insuflaban motivo a la acción.

Frente a este abismo, Camus propuso una reacción que eludía los consuelos metafísicos y apelaba, en cambio, a la revuelta: afirmar la propia conciencia del absurdo sin por ello renunciar a la vida. De este modo, la tensión entre reconocer la falta de sentido y aún así elegir la permanencia en el mundo constituye uno de los dilemas más punzantes que la depresión impone a la filosofía.

Por su parte, Søren Kierkegaard nos brinda un aporte a esta discusión, sobre todo en los matices cruciales sobre la autenticidad y la desesperanza. Para el danés, la desesperación no es una simple patología, sino una modalidad intrínseca de la relación del yo consigo mismo, a la que definió como “la enfermedad mortal” (Kierkegaard, 2019/1849, p. 12). En su descripción de “La enfermedad mortal”, la desesperación nace de la incapacidad del sujeto de sintetizar las dimensiones constitutivas del yo -lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno-. Por lo tanto, conlleva una lectura moral y existencial profunda, revelando incoherencias en el modo en que se vive. Vista así, la depresión podría leerse no sólo como un fallo biológico, sino también como una advertencia radical sobre la falta de autenticidad, un llamado perentorio a revisar las propias premisas vitales. No obstante, reducir la desesperación a una mera oportunidad de autenticidad es correr el riesgo de culpabilizar al sujeto que la padece, puesto que la vivencia de vacío es simultáneamente diagnóstico existencial y sufrimiento que desborda cualquier exigencia de realización. Dicha reducción es tan patética e inútil como cuando a un depresivo alguien le dice: “no estés triste” o “échale ganas”.

Este doble filo nos conduce inevitablemente al interrogante sobre el sufrimiento como vía de conocimiento. Existen tradiciones filosóficas que han considerado el padecimiento como una escuela donde se revelan rasgos fundamentales de la condición humana. El abatimiento extremo puede, en ocasiones, destapar verdades incómodas sobre la fragilidad del proyecto, la contingencia de los deseos y la finitud ineludible que subyace a toda esperanza. Empero, afirmar que el sufrimiento depresivo confiere una verdad profunda exige suma cautela. En este punto, es crucial entender que no todo dolor es una epifanía, ya que la agonía puede deformar la percepción, introducir sesgos cognitivos incapacitantes y cerrar todo horizonte de sentido. Por consiguiente, la pregunta filosófica pertinente no es si el sufrimiento ilumina siempre, sino cómo podemos dialogar con él sin caer en la tentación de romantizarlo o de instrumentalizarlo como un acceso privilegiado a la sabiduría.

También la cuestión de la libertad frente a la depresión demanda una respuesta compleja que reconozca las causas biológicas sin neutralizar, por ello, la responsabilidad existencial. Las evidencias científicas sobre predisposiciones genéticas o desequilibrios neuroquímicos no anulan que la experiencia del yo deprimido siga siendo, en su esencia, una situación moral y existencial.

Si bien es cierto que la libertad, entendida como posibilidad de respuesta, se ve gravemente debilitada por condiciones que limitan la capacidad de acción, esta libertad persiste en la medida en que el sujeto logra, con el apoyo adecuado, reconectar con proyecciones significativas.

Existe, además, una lectura crítica que vincula la depresión con formas de resistencia pasiva en el marco social. En sociedades que demandan productividad constante, el colapso anímico puede funcionar como un silencio revelador frente a las exigencias claramente deshumanizadoras. Al respecto, Byung-Chul Han señaló en su obra “La sociedad del cansancio”, cómo la lógica neoliberal produce sujetos agotados, híper-expuestos y auto-explotados. Desde esta óptica, la depresión puede interpretarse como un síntoma social y político más que como un fallo individual, si bien esta interpretación no debe jamás sustituir la atención clínica necesaria con los profesionales pertinentes.

A esta crítica social, se suma la desazón intrínseca a la experiencia de la posmodernidad líquida. El sociólogo ZygmuntBauman, al reflexionar sobre esta nueva configuración, identificó la paradoja de una vida definida por la ausencia de anclajes sólidos: proyectos, vínculos e incluso identidades se vuelven provisorios, flexibles hasta el punto de la fragilidad. En este mundo de opciones ilimitadas, la elección constante se convierte en una condena, pues, como argumenta el autor polaco, “ser moderno significa estar condenado a una elección incesante, a cambiar constantemente, a revisar sin cesar las decisiones tomadas y a estar siempre dispuesto a descartarlas y a tomar otras en su lugar” (Bauman, 2013, p. 88).

Esta saturación de posibilidades conduce a la fatiga de la voluntad donde la satisfacción siempre es fugaz. Por su parte, Gilles Lipovetsky profundizó en esta saturación al describir la era del vacío, donde la hipertrofia del individualismo y el hedonismo conducen a una profunda insatisfacción existencial. El sujeto posmoderno, aunque inmerso en la abundancia material, se siente desarraigado, puesto que “absorto en su culto al bienestar y en la obsesión por sí mismo, se encuentra más sólo y desorientado que nunca” (Lipovetsky, 2008, p. 110). Por lo tanto, el vacío depresivo no es sólo la pérdida de un sentido personal, sino el eco amplificado de una cultura que promete la felicidad a través del consumo y la auto-realización perpetua, pero sólo entrega desazón.

También, el yo en la depresión se fragmenta. La autopercepción moderna se resquebraja y se hacen patentes capas de identidad que la rutina social mantenía ocultas. La drástica disminución de interés, la sensación de extranjería hacia uno mismo y la pérdida de un proyecto vital con sentido son elementos que modifican la conciencia de sí y pueden, paradójicamente, permitir un tipo peculiar de autoconocimiento. Al respeto, Martin Heidegger, en su obra “Ser y tiempo”, habló del “Dasein” (el “ser-ahí”, o sea, nosotros, como seres-en-el-tiempo) como una proyección fundamental hacia el futuro, sosteniendo que perder esa proyección afecta la apertura misma al mundo (Heidegger, 2003/1927). Cuando el proyecto futuro se desvanece, la temporalidad ser contrae y la existencia se centra en un presente paralizante e incapacitante. Desde otro ángulo, la máscara del yo social se ve desenmascarada, de tal forma que lo que emerge en el “yo depresivo” podría ser la revelación de la artimaña de identidades construidas exclusivamente para cumplir roles externos, dejando al descubierto un núcleo doliente que demanda reconocimiento y cuidado.

Paralelamente, la dimensión ética y social impone responsabilidades claras a la colectividad. juzgar moralmente a quien yace en la desesperanza resulta éticamente injusto, por lo que la valoración moral debe distinguir con precisión entre la exigencia de responsabilizar al sujeto y la compasión necesaria que reconoce limitaciones profundas. además, la depresión reclama una respuesta de justicia social ineludible. Si la estructura social vigente produce condiciones que favorecen el sufrimiento psíquico, la ética colectiva debería demandar transformaciones estructurales. En este sentido, Michel Foucault mostró en su “Historia de la locura en la época clásica” cómo las prácticas sociales y los saberes institucionales configuran las posibilidades de subjetivación: así, la patología mental no es únicamente una cuestión médica, sino también política (Foucault, 2012/1961).  El deber ante el sufrimiento del otro, en consecuencia, no consiste sólo en consolar, sino en transformar: reclamar por instituciones, redes de apoyo y modos de vida que mitiguen las causas estructurales del padecimiento.

Otro vínculo que no podemos dejar pasar en esta reflexión es la conexión entre depresión y nihilismo. Si el nihilismo es la vivencia del derrumbe de los valores trascendentes, la depresión puede ser una encarnación palpable de esa vivencia. Sin embargo, Friedrich Nietzsche propuso una respuesta activista: la transvaloración, la creatividad que convierte el sufrimiento en una fuerza propulsora. Su llamado, lejos de trivializar el dolor, invita a imaginar posibilidades de sí que logren transformar ese dolor en un motor vital. Por eso, el arte y la filosofía ofrecen rutas de redención parcial, no como remedios mágicos, tampoco como sustitutos de los tratamientos médicos, sino como prácticas capaces de re-encuadrar la experiencia, alimentar la imaginación y abrir horizontes de sentido nuevos. Ciertamente, no todo en la depresión puede sublimarse, pero la creación simbólica persiste como una de las estrategias más poderosas que permiten resistir la noche del ánimo.

En conclusión, queridos lectores, hemos querido demostrar que la depresión convoca a una filosofía que no se conforma con clasificaciones meramente técnicas sino que exija una reflexión profunda que articule el sentido, la libertad, la identidad, la ética y el lenguaje en su intrincada complejidad. Ante la tiranía del rendimiento y la crisis de sentido de nuestro tiempo, ¿estamos dispuestos realmente a repensar las formas sociales que producen este sufrimiento anímico y a crear prácticas de escucha que restituyan un nombre y una compañía a quienes se ven obligados a callar?

Más allá de la clínica, que es fundamental, ¿cómo podemos sostener la tensión irresoluble entre reconocer las causas biológicas innegables y, al mismo tiempo, asumir las responsabilidades éticas y políticas sin caer en la culpa individualizadora ni en la despolitización facilitas del dolor ajeno? Y, por último, ante el silencio opresivo que la depresión impone en la vida de un ser humano, ¿qué modos de palabra, qué gestos artísticos y qué acciones colectivas pueden, de verdad, abrir una rendija hacia nuevos y urgentes porvenires existenciales? Que estas preguntas resuenen y persistan es la condición mínima para no dejar a la deriva a quienes atraviesan, en la más absoluta soledad, la noche profunda del alma.

Referencias

Bauman, Z. (2013). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Camus, A. (1955). El mito de Sísifo (J. O’Brien, Trad.). Gallimard/Hamish Hamilton. (Obra original publicada en 1942).

Foucault, M. (2012). Historia de la locura en la época clásica. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1961).

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo. Trotta. (Obra original publicada en 1927).

Kierkegaard, S. (2019). La enfermedad mortal. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1849).

Lipovetsky, G. (2008). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama.

Sartre, J.-P. (2018). El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica. Losada. (Obra original publicada en 1943).

Wittgenstein, L. (2009). Tractatuslogico-philosophicus. Routledge. (Obra original publicada en 1921).

Lisandro Prieto Femenía.
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#PORESTOSNO, NI POR SUS TOPOS

La iniciativa de #PorEstosNo, lanzada en solitario por Rosa María Palacios, una reconocida periodista, tomó cuerpo, pero el mensaje falta calar o todavía no llega a las mayorías distraídas o apáticas a la política. Ahora que solo faltan 48 días para elegir a los diputados y senadores que reemplazarán a los actuales detestados congresistas, ser difusores es amar la patria. También elegiremos, según analistas, a la figura decorativa del nuevo presidente, permanentemente en un péndulo para ser vacado por un senado super poderoso. El hashtag #PorEstosNo de hace aproximadamente un año de RMP e inmediatamente secundada por intelectuales decentes se viralizó, porque estos parlamentarios nos cansaron con sus interminables tropelías y su cinismo retador. Compararlos con las modestas ratas hasta parece impropio, los animales hacen lo que hacen por supervivencia, pero estos políticos lo hacen por ambición y en perjuicio del bien común.   

Por Yonel Rosales 
#PorEstosNo es un llamado desde la honestidad para hacerle frente a los corruptos, que con total descaro tomaron el país como su hacienda o su chacra. Es cerrarles la puerta a los indeseables, que en el primer plano son los partidos políticos que integran el actual congreso: Fuerza Popular (el fujimorismo, su cabecilla Keiko Fujimori), Alianza para el Progreso (Acuñismo, su cabecilla César Acuña), Renovación Popular (del chancho, su cabecilla Rafael López Aliaga), Perú Libre (cerronistas, del prófugo Vladimir Cerrón), Podemos (su cabecilla o gánster como lo denomina la fiscalía por sus múltiples acusaciones, José Luna Galvez), Avanza País (el tren), Somos Perú (expresidente José Jerí), el Partido Morado y Juntos por Perú. 

De esa lista, habría que subdividirlos: 1. Los peligrosos, vivitos y coleando: el fujimorismo, el acuñismo y el chanchismo, los congresistas de estas organizaciones son los cabecillas más vociferantes del perjuicio al Perú. 2. Los peligrosos por desaparecer: Perú Libre, me atrevo a decir que no pasará la valla y desaparecerá, Avanza País y Somos Perú, muy probablemente corran el mismo destino, y Podemos, no la tiene fija, pero tira más para quedar fuera del juego del poder. 3. Los perdonables: de los partidos Morado y Juntos por el Perú salieron los contados congresistas que le hacen frente a toda la lacra congresal. Puedo citarlos: Susel Paredes, Flor Pablo, Sigrid Bazán, Ruth Luque – mención aparte se merece el desaparecido excongresista Carlos Anderson, el único de derecha respetable – y quizás un par más, sin embargo, estos partidos se ven manchados porque tuvieron congresistas que se unieron a la coalición mafiosa (Camote Málaga, morado por fuera naranja por dentro y la infeliz Chavelita, de barrendera a mucama de la mafia). Ya no incluimos a Acción Popular a la lista, nos hicieron el favor de hacerse el harakiri con sus prácticas corruptas y quedaron fuera de estas elecciones. Y 4. Los topos, como cualquier parásito, la necesidad de supervivencia les llevó a extender sus tentáculos y camuflarse en otras organizaciones políticas de rostros, logos o nombres nuevos, por si las moscas, el plan B. Apristas, Unidad y Paz de Chiabra, País para todos del payaso Carlos Álvarez y Sí creo de Espá, este candidato era el más prometedor de la derecha, hasta que nos hizo el favor de fichar al repudiado congresista Montoya que no come alfalfa como nosotros los pobres, come lomo fino con el doble sueldo que los peruanos le pagamos, la confianza del embuste de Espá era tal, que no guardó las apariencias de topo y solito se quemó. Pero cuidado.   

¿Debo citar el largo etcétera de latrocinios de estos partidos que integran el actual congreso para justificar por qué #PorEstosNo? Sí, lamentablemente tenemos la memoria frágil y el perdón fácil, de eso viven estas lacras. ¿Por dónde empezar?, las leyes procrimen, que diversos especialistas señalan alrededor de doce leyes a favor de los delincuentes. La toma de instituciones autónomas, independientes, donde el pacto corrupto colocó a sus impresentables para salvarse de la cárcel, como el Tribunal Constitucional, la Junta Nacional de Justicia, la Defensoría de Pueblo, etc. Otra materia de indignación, el blindaje a Dina 4s3s1na o el reparto de millonarios bonos entre ellos, etc.

Es preciso recordar una y otra vez. Es necesario raspar esa herida para inmortalizar el asco de todo lo hecho por la coalición mafiosa. La gente de bien, así como los profesores actuaron más que un militante en la propaganda de Castillo, debe asumir el compromiso de patriota mensajero, por necesidad histórica, por supervivencia: vota por quien quieras, izquierda o derecha, pero #PorEstosNo. Votar por estas escorias, ratas inmundas, como dice la canción, es como si te gustara que te pongan cuernos y luego te quejas.   

La gente de bien… debe asumir el compromiso de patriota mensajero, por necesidad histórica, por supervivencia: vota por quien quieras, izquierda o derecha, pero #PorEstosNo.

LA FAMILIA COMO CIMIENTO ONTOLÓGICO DE LA EDUCACIÓN- LISANDRO PRIETO FEMENÍA

“La virtud moral es resultado del hábito”
Aristóteles, Ética a Nicómaco

La discusión sobre la educación del ser humano, entendida no sólo como la adquisición de conocimientos, sino como la formación integral de la persona, debe comenzar necesariamente por el análisis de su núcleo fundacional: la familia. Desde una perspectiva filosófica, reducir la familia a un mero agente socializar o un contexto de apoyo es empobrecer drásticamente su realidad. El término familia, proveniente del latín famulus (sirviente o esclavo), originalmente designaba no sólo el linaje sanguíneo, sino el conjunto de personas y bienes que se encontraban bajo la autoridad del pater familias. Este origen, si bien jerárquico, revela su carácter esencial como unidad económica y de convivencia primordial, la estructura ontológica donde se gesta la condición de persona y se inicia la coexistencia.

Por su parte, la escuela proviene del griego skholé, que no significaba trabajo ni instrucción, sino “ocio” o “tiempo libre”, haciendo referencia al tiempo que los ciudadanos dedicaban a la reflexión, al debate y al aprendizaje intelectual, libres de las urgencias productivas. Esta distinción etimológica subraya que mientras la familia se orienta a la existencia y a la subsistencia ética y material, la escuela se reserva el tiempo para la trascendencia y la reflexión sistemática, confirmando que sus propósitos, si bien complementarios, son distintos en su raíz.

Filósofos como Leonardo Polo elevan la institución familiar a una categoría esencial, desvinculándola de un mero hecho sociológico. Polo afirma que “la familia es la primera forma y el primer motor de la coexistencia humana: de la coexistencia con el mundo, de la coexistencia con los otros y de la coexistencia con Dios”. Esta coexistencia, principio mismo de la moralidad y la ética, se aprende en un marco de gratuidad que la escuela, por su naturaleza institucional, jamás podría replicar. En efecto, la familia es el ámbito que acoge lo “radicalmente nuevo: la persona humana” (Polo, citado por Falgueras Salinas, s.f.).

Es allí, en el amor que se prodiga en el hogar, donde los hijos reconocen su relación filial. El término amor, con raíces en el indoeuropeo amma (madre), apunta directamente al vínculo primario, a la incondicionalidad. Este amor es la llave de la donación, del latín donatio, implica un acto de entrega generosa sin esperar reciprocidad. Por tanto, la relación filial se percibe “también donal, gratuita y generosa” (Falgueras Salinas, s.f.). Esta experiencia primaria del don fundamenta la libertad volitiva, pues solo el ser que se sabe incondicionalmente amado posee el soporte emocional y moral para elegir el bien y comprometerse con la comunidad. La educación, en este contexto originario, se revela como el acto de transmitir la herencia cultural, ética y emocional con una fuerza persuasiva que la evidencia empírica cataloga como indeleble. Este es el primer crisol donde se negocia la tensión fundamental entre la pertenencia y la autonomía, el espacio fundacional donde el individuo aprende a ser “yo” sin desvincularse del “nosotros”. Así, el aprendizaje temprano de los códigos esenciales (la distinción entre lo correcto y lo incorrecto, el respeto, el manejo de la autoridad) constituye el fundamento moral que el ciudadano lleva consigo mismo a la vida pública.

La necesidad de este cimiento ya la vislumbraba con claridad el gran Aristóteles, quien en su “Ética a Nicómaco”, establecía que “la virtud moral es resultado del hábito” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, II, 1). Para poder lograr la Eudaimonía (felicidad y/o vida buena), el alma requiere que las virtudes no sean meros conocimientos teóricos (diánoia), sino disposiciones prácticas (hexis) adquiridas por la repetición constante. Justamente, la familia, con su ritmo ininterrumpido y sus pequeñas exigencias cotidianas, es la que proporciona este campo de entrenamiento ético (ethos), modelando el carácter a través del hábito antes de que la razón pueda imponerse por completo. Sin esta formación práctica y constante en el seno del hogar, cualquier instrucción moral posterior deviene en mera retórica.

Al incorporar la visión de la pedagogía, la primacía familiar se refuerza notablemente con los aportes de Lev Vygotsky, para quién el desarrollo humano es inseparable del contexto y la cultura en que se produce (Vygotsky, 2000, citado en Biblioteca Clacso, 2016). De este modo, el hogar constituye el primer y más significativo escenario donde se establece la “Zona de Desarrollo Próximo” (ZDP). Es, por lo tanto, a través de la interacción cotidiana, el diálogo y el apoyo emocional de los padres que se proporciona el “andamiaje” necesario, el cual no sólo es intelectual, sino también afectivo y conductual, permitiendo al niño internalizar herramientas de pensamiento y regulación emocional, prerrequisitos indispensables para el éxito en el aprendizaje formal y para el desenvolvimiento en la vida social.

Por su parte, Pierre Bourdieu, desde la sociología de la educación, complementa esta visión obligándonos a reconocer el rol de la familia como transmisora del “capital cultural”. Este activo, encarnado en el lenguaje, los hábitos, las actitudes hacia el conocimiento y el nivel de aspiraciones, se ha demostrado ser un predictor del éxito académico tan sólido que Razeto (2016, citado en SciELO Cuba, 2022) lo califica como un “hecho irrefutable”. Consecuentemente, la familia que fomenta el hábito lector, la disciplina cotidiana y el valor del esfuerzo transfiere un activo intangible que moldea la predisposición del niño ante la escuela. De hecho, la participación familiar en la educación formal, descrita por Grolnick y Slowiaczek (1994) en sus dimensiones “conductual”, “cognitivo-intelectual” y “personal”, es una manifestación directa de la calidad de este capital cultural interno. No se trata, entonces, sólo de asistir a reuniones escolares o a actos intrascendentes con contenido malinterpretado, sino de la “implicación mental voluntaria y responsable” (Pizarro et al., 2013, citado en SciELO Cuba, 2022) que transforma la actitud del niño hacia el aprendizaje.

La severa sentencia, a menudo repetida por los educadores, de que “la escuela no puede dar lo que la familia no da”, no es una excusa pedagógica para esquivar los problemas, sino una profunda y lamentable verdad filosófica y sociológica que delimita el alcance de la instrucción formal. La escuela está diseñada para la transmisión estandarizada de conocimiento y para la socialización cívica, pero no está equipara para suplir el déficit ontológico y afectivo que deja el abandono o la negligencia en el hogar. La escuela no puede enseñar la confianza básica necesaria para asumir riesgos intelectuales, ni puede inculcar la voluntad si ésta no ha sido templada por la disciplina amorosa y la esperanza familiar. Cuando la base del capital cultural y del vínculo afectivo es deficiente, la escuela se enfrenta a un muro infranqueable, pues el alumno carece de los prerrequisitos emocionales y de los códigos éticos esenciales para recibir la instrucción en plenitud. La escuela puede instruir, pero sólo la familia puede formar la conciencia sobre la base del afecto incondicional y el compromiso moral. De ahí, que la educación familiar sea una responsabilidad ética intransferible que dota de alma y sentido a la instrucción académica posterior.

La gravedad de esta responsabilidad intransferible implica que no basta con el mero cumplimiento formal de los deberes educativos. El acto de mandar a los hijos a la escuela y el simple hecho de que estos aprueben las evaluaciones representan solamente una dimensión instrumental de la educación, pero nunca su plenitud formativa. Si la familia se limita a ser una oficina de gestión académica, ignora que el proceso educativo es, por esencia, permanente e inacabado. La formación del ciudadano, tal como lo concebía la tradición griega de la paideia- el proceso de crianza que convierte al niño en un hombre virtuoso y apto para la polis-, demanda mucho más que la certificación de conocimientos. Por lo tanto, la familia debe ser la base y el sustento ininterrumpido sobre el cual el individuo se edifica, proporcionando los marcos de referencia éticos que permiten al futuro ciudadano navegar la complejidad moral del mundo. Como afirma Fernando Savater (1997), educar es “abrir los ojos al otro, para que aprenda a ver por sí mismo” y a convivir. Esta apertura y esta convivencia se entrenan en la vida familiar mucho más allá del horario escolar, haciendo de los padres los primeros garantes de la solidez moral y cívica que la sociedad demanda.

Como habrán podido apreciar, la responsabilidad educativa de la familia trasciende la simple transmisión de hábitos y capital lingüístico, configurándose como un mandato ético de discernimiento cultural. En la sociedad decadente actual, hiperconectada y sobrecargada de información basura, el hogar se erige como la primera y más crítica puerta de entrada del contenido cultural. Los padres asumen la ineludible tarea de ser filtros activos frente a lo que el mundo ofrece, ejerciendo una responsabilidad cívica fundamental. Sobre este aspecto en particular, el sociólogo Neil Postman (1985) ya advertía sobre la degradación del discurso público hacia la “basura cultural” al conceptualizar cómo los medios, obsesionados con la imagen y el entretenimiento, nos llevan a “divertirnos hasta morir” (Amusingourselves to death). Esto, amigos míos, no es una metáfora trágica: hace pocos días se conoció la muerte de unos jóvenes que realizaban surfeo sobre trenes como reto viral de las nefastas redes sociales estupidizadoras. Postman argumenta que cuando toda la información se presenta como un espectáculo, se erosiona la capacidad de la mente para el pensamiento racional y complejo, trivializando la vida pública. En este escenario, la familia debe actuar como un escudo crítico contra esta trivialización, defendiendo la seriedad del discurso y la profundidad de la reflexión frente a aquellas agendas nocivas que degradan la dignidad humana o simplifican la complejidad moral.

Retomando brevemente a Savater (1997), recordemos que desde su enfoque la educación es esencialmente un acto de “valor” y resistencia contra la “tiranía de lo inmediato” y lo superficial. Al seleccionar, debatir y contextualizar los mensajes que acceden a la conciencia de nuestros hijos, como padres no estamos ejerciendo una censura arbitraria, sino un deber de protección que forma la voluntad libre para resistir la seducción de lo fácil y lo banal. En este sentido, la autoridad parental se justifica por la obligación de legar a sus hijos un marco moral robusto para la auténtica libertad.

Aquí, el peligro filosófico y social posmoderno reside en la delegación excesiva de la función educativa por parte de la familia hacia la institución familiar, un fenómeno que algunos han criticado como el intento de la familia de “endilgarle a la escuela responsabilidades que, de suyo, no les pertenecen” (Biblioteca Clacso, 2016). Si la familia abdica de su rol como contra-relato cultural y transmisora de valores éticos complejos, la escuela se queda sola e inevitablemente incapacitada para lograr la formación humana integral.

La primacía educativa de la familia se funda en el “amor-donación” y en el vínculo afectivo, una lógica radicalmente opuesta a la instrumentalización y a la cultura del rendimiento que domina la esfera pública y económica. El desafío ético aquí reside en cómo proteger este espacio de la lógica de la eficiencia que exige resultados, métricas y “éxito” cuantificable, ya que la medición constante de la valía del hijo en función de su rendimiento académico o su capital social destruye el carácter no utilitario del amor incondicional. Si la familia comienza a funcionar como una unidad de producción de “capital humano” en lugar de un ámbito de acogida, se socava la fuente misma de la confianza básica que es vital para la autonomía del ser. Una ética de la educación debe, por lo tanto, defender al hogar como un santuario contra la tiranía de la explotación disfrazada de “productividad”.

Frente a las crisis de la figura familiar y la proliferación de estructuras de parentesco confusas, la filosofía no puede seguir esencializando una única forma social de familia. Si la esencia de la educación se basa en la transmisión de la “coexistencia” (Polo) y la provisión del “andamiaje afectivo” (Vygotsky), el foco del fundamento ontológico debe migrar de la estructura legal o biológica a la función nutricia del vínculo y la intencionalidad ética. La pregunta crucial aquí es: ¿cuál es la configuración mínima ético-afectiva, independientemente de su forma, que puede garantizar la estabilidad, la donación y la calidad relacional necesarias para que se produzca la formación de la conciencia moral y volitiva del individuo? La nueva reflexión sobre la familia debe privilegiar la calidad y la permanencia de la relación sobre la rigidez de las formas.

Finalmente, si la sentencia de que “la escuela no puede hacer lo que la familia no hace” remarca una limitación sistémica y no sólo un defecto moral, entonces el Estado y sus instituciones tienen una obligación de subsidiaridad y apoyo. Es imperativo que las políticas públicas estén diseñadas para habilitar a los padres a cumplir con su responsabilidad ética intransferible. Esto implica mitigar el impacto del desigual capital económico y social en la capacidad de la familia para ejercer su función de transmisión cultural, asegurando que el tiempo, la estabilidad y la conciencia educativa necesarios no sean lujos accesibles sólo para unos pocos. El apoyo estatal no debe ser una injerencia que busque suplantar a la familia, sino un soporte estructural que le permita ejercer su rol sin ser aplastada por las presiones materiales de la vida posmoderna. 

Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo  
San Juan - Argentina 

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