No obstante, al desastre de su gobierno, y lo más grave, haber entregado el país a un pacto mafioso, darles el poder a los perdedores, el expresidente Pedro Castillo, aún tiene un número importante de seguidores, que además de fieles son miopes. Dado a este bolsón de votos, más de un aspirante presidencial intentó coquetearle a ese electorado ofreciéndoles un indulto al apresado. No creo que los aspirantes al sillón presidencial, de izquierda o de derecha, le lancen flores por amor al chancho, si no a los chicharrones. En cualquiera de los casos, es muestra de la ceguera o el fanatismo, defendiendo lo indefendible.
Por Yonel Rosales
El fujimorismo defiende a Alberto Fujimori y lo reivindica, pese a que fue condenado por ladrón y asesino, para no citar toda la laya de sus delitos y actos contra la dignidad nacional, como postular al senado japonés despreciando el Perú. Claro, parto de no equiparar los delitos de Fujimori con los actos de Castillo, es como el tiburón y la Lorna, pero equiparo la defensa de sus seguidores a sus líderes. Ninguno de los bandos acepta sus irregularidades, si por ellos fuera nos los impondrían como santos. Las evidencias, incluso en procesos judiciales ya se evaluó, no importan, ninguna verdad será verdad ante los ojos de sus fanáticos.
Martín Vizcarra, un astuto político que sabe jugar al poder, pero sus uñas largas le llevaron a la cárcel, vio ese potencial de miopes castillistas y antes del inicio oficial de las elecciones le ofreció el indulto. De ahí le siguieron, Yhony Lescano, Roberto Sánchez, teniendo como única bandera la liberación del profesor, y Ronald Atencio, prometiendo el indulto no solo para Pedro Castillo, también para otros luchadores sociales como Aduviri y ciudadanos condenados por protestar o enfrentarse a mineras, este último parece más inclusivo.
Creo que Castillo debe cumplir su condena, se lo merece. No por el tonto golpe de estado que intentó dar, si no por lo más grave, haber entregado el poder a los perdedores, dejarle la mesa servida al pacto corrupto. De hecho, el señor Castillo ni sus miopes, son conscientes del abismo al que nos arrojó con ese último acto de su infructuoso gobierno. El dirigente sindical ahorita sería un héroe gozando de su libertad y no estaría mendigando un indulto (le solicitó por escrito al presidente Balcázar), si solo hubiese hecho caso las sugerencias de personas bien intencionadas e instituciones independientes que, al ver su gobierno destartalado a los pocos meses de botar a sus mejores ministros, le pidieron que adelante las elecciones. Pero al genio de Castillo, se le ocurrió intentar un golpe de estado. Si adelantaba las elecciones, probablemente sería un afamado congresista, que sacrificó su presidencia, y el gobierno estaría en manos de alguien cercano a su grupo. El profesor pudo ser héroe, gozar de su libertad, pero eligió la cárcel y joder el país con su tonto golpe, eso es lo más grave, entregar el poder a los perdedores.
Por eso equiparo a los seguidores de Fujimori y de Castillo, por un lado, defendiendo a un ladrón, el otro bando defendiendo a alguien que echó por la borda la esperanza del pueblo. Ambos defendiendo lo indefendible. Los castillistas dicen que la derecha, los derrotados no le dejaron gobernar. ¡Qué esperaba!, ni a PPK le dejaron en paz, ¿iban a recibirlo con flores un andino?, era obvio que el serrano atrevido que les ganó, sería repudiado. Es como decir: el otro equipo no se dejó meter goles. En el juego del poder, Castillo tuvo que actuar con mucha inteligencia, es evidente que llegó muy tarde a esa repartición. Siguiendo con el ejemplo de la pichanga, pretender que el expresidente vuelva a la cancha a través de sus familiares postulando con Juntos por el Perú, es como regresar al jugador que hace autogoles, y en su corto periodo, se hizo muchos autogoles. Por el bien del país, ya deben superar a Castillo. Pero para la tranquilidad de su familia y sus seguidores, dado a lo anodino de su intento de golpe de estado, deben indultarlo, pero con la condición que se vaya a su casa, a cuidar sus gallinas, porque - ¿no sé si lo dijo Hildebrandt u otro intelectual? – no está ni para profesor de aula.

